sábado, 4 de febrero de 2017

Aún si muero, allá donde repare mi alma y prepare el viaje...

No conozco más reino que el que alberga tu corazón. No hay más fronteras que las de tu piel, ni mayor ejercito que las defienda que mis manos. Jamás mis ojos miraron amaneceres más absolutos que los que me brindan tus parpados cuando despiertas de tus sueños si duermes a mi lado. Ni me perdí en ellos con más deseo que cuando lo hago persiguiendo la luna de tu mirada. No tengo mayor razón que tu palabra, ni decaigo en el empeño de tu fortaleza cuando respiras. Mi mejor himno es tu voz, mi única pretensión escucharla cuando me cuentas. Solo concibo vivir si es porque tú me amas.

            Contra los miedos desato mi ira, afronto las tormentas con el coraje que me sustenta en las noches en las que me tirito de frío lejos de tu refugio. Es de esta manera como vivo. Caminando por los bosques entre la naturaleza de tu cabello, cabalgando por las llanuras de tu espalda con la escolta de mis dedos abriendo veredas nuevas cada día, aún pisando las huellas de ayer. Porque soy amado. Porque comparto todas y cada una de las veces que me pintas en tus ojos, con el agua de tus lágrimas, de colores de sonrisas y canciones, que nos transportan de nuevo a casa. Porque mis muros son de seda blanca que imagina tu luz, porque tu abrazo me aferra a la vida cuando temo, disipando el frío de los eclipses de sol.

Eres la tinta que pinta el tatuaje de mi piel donde eres reina, el viento de tu aliento que envalentona mi barca en el mar que surcan mis fantasías. Todos lo intentaron, pero nadie me contó la verdad, la realidad que significa bailar con el cielo estrellado al son de esas músicas de tu pueblo libre. Y ya nunca podré olvidarte.

Aún si muero, allá donde repare mi alma y prepare el viaje, allí también tú serás quien busque a mi lado. Y aprenderé de nuevo a amarte. Aunque tenga que nacer mil veces en mil años. No hallaré mayor gloria que en tu patria, ni perderé el empeño en conquistar de nuevo tu reino. Forjaré un anillo con mi sangre y postraré mi cuerpo liberado de la armadura de mis batallas para volver a suplicar la paz que emana de tu silencio. El calor de tu caricia. Los eslabones de la cadena que es tu nombre y que me hace libre.

A quién tenga la osadía de contravenir mis palabras, de enfrentarse a mis razones, de dudar de mi juramento, que grabe en sus miedos que te amo por encima de todo. No hay tiempo que sea capaz de diezmar. No hay fuerza que sea capaz de romper.