No conozco más reino que el que alberga tu corazón.
No hay más fronteras que las de tu piel, ni mayor ejercito que las defienda que
mis manos. Jamás mis ojos miraron amaneceres más absolutos que los que me
brindan tus parpados cuando despiertas de tus sueños si duermes a mi lado. Ni
me perdí en ellos con más deseo que cuando lo hago persiguiendo la luna de tu
mirada. No tengo mayor razón que tu palabra, ni decaigo en el empeño de tu
fortaleza cuando respiras. Mi mejor himno es tu voz, mi única pretensión
escucharla cuando me cuentas. Solo concibo vivir si es porque tú me amas.
Contra los miedos desato
mi ira, afronto las tormentas con el coraje que me sustenta en las noches en
las que me tirito de frío lejos de tu refugio. Es de esta manera como vivo. Caminando por
los bosques entre la naturaleza de tu cabello, cabalgando por las llanuras de
tu espalda con la escolta de mis dedos abriendo veredas nuevas cada día, aún
pisando las huellas de ayer. Porque soy amado. Porque comparto todas y cada una
de las veces que me pintas en tus ojos, con el agua de tus lágrimas, de colores
de sonrisas y canciones, que nos transportan de nuevo a casa. Porque mis muros
son de seda blanca que imagina tu luz, porque tu abrazo me aferra a la vida
cuando temo, disipando el frío de los eclipses de sol.
Eres la tinta que pinta el tatuaje de mi piel
donde eres reina, el viento de tu aliento que envalentona mi barca en el mar
que surcan mis fantasías. Todos lo intentaron, pero nadie me contó la verdad,
la realidad que significa bailar con el cielo estrellado al son de esas músicas
de tu pueblo libre. Y ya nunca podré olvidarte.
Aún si muero, allá donde repare mi alma y prepare
el viaje, allí también tú serás quien busque a mi lado. Y aprenderé de nuevo a
amarte. Aunque tenga que nacer mil veces en mil años. No hallaré mayor gloria
que en tu patria, ni perderé el empeño en conquistar de nuevo tu reino. Forjaré
un anillo con mi sangre y postraré mi cuerpo liberado de la armadura de mis
batallas para volver a suplicar la paz que emana de tu silencio. El calor de tu
caricia. Los eslabones de la cadena que es tu nombre y que me hace libre.
A quién tenga la osadía de contravenir mis
palabras, de enfrentarse a mis razones, de dudar de mi juramento, que grabe en
sus miedos que te amo por encima de todo. No hay tiempo que sea capaz de
diezmar. No hay fuerza que sea capaz de romper.