sábado, 28 de abril de 2018

Medio minuto...

Medio minuto.

Medio minuto antes de que existieras en mi vida, la casa amueblada, los rincones vacíos,los armarios ordenados.
Medio minuto antes no había dudas, ni temores, ni rencor escondido en dobles sentidos, ni vientos de tormenta ni serenidad.
Medio minuto antes era feliz en mi reino, siendo rey de mi nada, sin procurar el todo, andaba los pasos que me empujaban las risas despreocupadas, desperdiciaba lágrimas en historisas desafortunadas, en finales felices o duelos injustos.

Medio minuto antes.

Medio minuto antes de que existieras.

Pero pasó aquel tiempo, el del reloj ajeno; él que iba a suponer, él no hace excepciones.

Y llegaste.

Y llegaste como el susurro, interrumpiendo el silencio, aquel que guardaba libre, desde hace tiempo, desde que los gritos dejaron de asustar.

Y llegaste como la gota de agua que cae del cielo una tarde sofocante de verano, capaz de aliviar por si sola aquella calima, sin necesidad de esperar a la tormenta.

Medio minuto después, tu sonrisa, y tu risa resonaban en un eco infinito entre mis ideas, haciéndolas girar locas, tu gesto tímido pintaba mis latidos cada vez que esbozabas un trazo, tu mirada me sorprendía sorprendido, como quién acaba de entender la vida que había olvidado, el cuello de tu vestido abrochado te convertía en original, tu café americano en un sueño real, la habilidad de tus manos contando cuentos antes que tu voz, la magia de tu voz antes que tu luz, tu luz llenándolo todo...

Medio minuto después ya te echaba de menos.
Medio minuto después te pintaba en acuarelas de palabras.
Medio minuto después rogaba a la vida una ocasión para un café, un tropiezo o un traspiés.

Medio minuto.