Dejó de escucharme. Ni siquiera recuerdo cuanto tiempo hace de eso.
Simplemente sucedió. Sin avisar. Sin más. Y sin embargo yo nunca dejé de
hablarle. Y recuerdo perfectamente cuando tomé la decisión de no hacerlo jamás.
Lo de menos era que me escuchara. O que no pudiera oírme. Bastaba que ella
estuviera ahí. Y estaba. Sentada o de pie, mirando por la venta su mundo
imaginado. Despierta o dormida, soñando sus historias de princesas. Aunque
siempre sola en nuestra convivencia. Porque yo, ya no era estrella de su cielo,
ni grito de su enojo. Yo, ya no, ni siquiera lágrima de su tristeza o sonrisa
tibia de su recuerdo olvidado. Pero allí estábamos, dos que fueron uno que
ahora, son unos luchando por mantener el par unido hasta que la última de las
posibilidades se esfume. Y solo uno de nosotros consciente de que aquella, se
evapora lentamente en silencio, detrás de nosotros paciente, simplemente
dejando que el tiempo se agote, con calma y resignación. En el fondo la paz que
cubre su velo de ignorancia es la pesada roca que pende de mi cuello y me
ahoga, y a la vez me exhorta para que culmine todas mis palabras en sonrisas,
sea capaz de triunfar contra los fríos que me abordan a escondidas detrás de la
puerta del cuarto donde nos juramos amor. Amor. Amor. Que grande resuena en el
eco de mis años pasados. Que grande. Amor. Tanto amarnos. Tanto entregado.
Tanto rendido. Tanto, grande, amor. Como no voy a extrañarte ahora que te tengo
en vida frente a mi, y ni siquiera soy parte de tu paisaje. Como no agradecer a
la vida que me diera la oportunidad de cruzar tu camino frente al mío, cada
instante vivido hasta llegar a este puerto donde tu barco se mece por la
inercia de respirar aunque ya no navega, pero donde dentro sigo encontrando el
calor que calma mi vida.
Dejó de escucharme, si. Pero no dejó de amarme. De eso estoy seguro. Porque
sigue siendo el motor de mi despertar, mi razón de recoger en silencio los
pedazos del vaso que tira perdida, mi esfuerzo por las tardes cuando me sufren
mis miedos, mi tesón cuando su mirada es de ira y confusión después de todo lo
vivido. Dejo de escucharme, si. Pero yo no dejaré de hablarle mientras sea
capaz de articular con mi aliento una sola de las palabras que construyeron
nuestro hogar, que edificaron nuestras promesas. Sigue siendo mi compás cuando
bailamos a escondidas, mi canción preferida, mi vida. Tanto, grande, Amor.