Y aquellos locos
que vivían en un mundo
muy por encima del mío
bajaban con sus canciones
los chirridos del plástico negro
que giraba sonando sueños
que ellos construían en papel
para enviarlos con notas
que nacían de sus guitarras,
que locos estaban,
con sus miedos y sus errores
pasados por la nieve
de inviernos que no existieron
aquellos que pensaban
que era mejor no dejar huellas
o encontrar un sitio para el recreo
y ahora,
son historia de toda una vida,
aquellos que creaban sueños
bendecidos por sus almas
forjadas del paso de un tiempo irreal
de huellas tan profundas
que no hay quien las pise.
Aquellos locos son hoy la promesa
de los que vencimos el ocaso
de ese día fatídico
y que forjamos la vida
a base de memoria y recuerdos
de una esquina, de un beso,
de una plaza en Madrid,
de tu nombre y el mío
grabado en un árbol del Retiro.
Locos, aquellos locos,
cuanto eran de maestros.
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