Tu narrabas tus cuentos
yo debía de escuchar
como si aquellos fueran los hechos
como si fueran verdad.
Y entre parrafo y parrafo me consumía
no encontrar mi mención
siempre público entregado,
siempre sentado en el salón,
jamás arriba en el escenario
sintiendo tu contacto, intentándolo.
Y después de cada acto tu abrazo
la hoguera de mi condena,
tu mirada regalada,
y de nuevo a esperar comprar entradas
para tu próxima función.
Años que crecíamos,
tiempo que aprendías con otras manos
miradas que no me veían,
besos que no me dabas,
y sin embargo siempre allí,
bajo tu ventana, mojándome mientras miro,
quebrando mi voluntad, aderezando mi conciencia
rompiendo la voluntad de seguir siendo
dominando la ira incontrolada
de encontrarme conmigo mismo
y no poder ser ni siquiera yo.
Ahora ellos me recuerdan que tú
que yo,
no fuimos nosotros, no hubo manera,
jamás corrimos de la mano por Madrid,
jamás nos reimos sin saber por qué,
no hemos vuelto a ser
nada de lo que yo imaginaba cuando te escuchaba respirar,
y atrás queda la mofa de la realidad,
la que me vendió barato un sueño, por no querer esperar a ser mayor,
y tal fuerza en esa ola me arrastró
que aún hoy estoy dando volteretas,
calado hasta los huesos,
buscando la manera de salir y respirar.
No debí ceder en el intento de compartirte
no debió tu mirada fjarse en mi
no debí sonreirte
no debimos empezar este cuento que siempre cuentas,
y que yo siempre escucho
sentado a oscuras entre butacas vacias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario