Tú,
siempre tú,
para prestarme tus alas y poder volar
siempre tú,
para coser los sueños a la luna que me vigila,
siempre tú,
vestida de raso o de terciopelo,
entre algodones o pétalos de rosas,
siempre tú,
con tu mano en mi camino,
de los pasos que doy seguidos,
en cada tropiezo y tras la caída,
siempre tú,
en tu boca tu nombre y en mi voz tus labios,
siempre tú,
en los jardines perfumados de fragancias
que me enredan en las fantasías de mis cuentos,
siempre tú,
esperando el tren de las historias que cuento,
de maletas perdidas y billetes caducados,
siempre tú,
para lo bueno y lo malo,
para el ayer confiscado y el mañana absurdo,
tú,
siempre tú,
por enseñarme a llorar a mi edad,
por dejarme jugar todavía con los charcos
corriendo bajo la lluvia
entrando a casa con los pies llenos de barro,
siempre tú,
en tu suspiro infinito el aliento preciso
la paz de lo vivido en calma
la tormenta de los celos que aborrezco
siempre tú,
en la distancia lejana o al alcance de mi mano
a tu lado entre las sombras de las luces apagadas
tú,
eternamente tú,
siempre tú,
por amarte callado y mirarte amando
la caricia que desprende mi fantasía,
estar contigo en ti, siempre tú,
tú,
que eres yo en mis poemas
el tibio calor de esta mañana al salir de tu cama
el rocío que nace de tus mejillas
la suavidad de tus palabras en mis oídos,
tú,
siempre tú.
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