Cuanto nos sobra del equipaje que nos echamos a la espalda
cuando no sabemos ni siqiuera el camino que tomamos
ni si habrá fríos o cálidos
inviernos o veranos,
pero nos empecinamos en amontonar maletas
bolsos y mochilas
sin importarnos el peso del total
que sufrimos arrastrando
siempre por la razón más absurda,
siempre por el que pasará,
hasta que agotados en el suelo tirados nuestros sueños
vemos pasar livianos aquellos viajeros
que sonríen,
que disfrutan,
que amanecen con las ganas intactas de volver a ver atardecer,
y nos miran condescendientes
cuando nos acercan algo de agua
para apagar la sed de esa incertidumbre que transportamos
y al verlos marchar de nuevo
sin prisa al encuentro
del futuro que no saben cual es
ni les pesa su conocimiento,
nos levantamos cansados para recoger
todas y cada una de nuestras piedras,
sin aprender,
sin entender,
que el mejor de los viajes es aquel que se vive
sin pensar ni organizar
y del que el alma se nutre para ocupar
las pertenencias que hemos de llevar
que no son mas que los recuerdos
que nos palpitan en nuestro ser
y estas,
caminante,
son etéreas y eternas.
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