FUGA DE
FIN.
El agua le
caía furiosa sobre su cuerpo cansado. El calor que sudaba cada gota se evaporaba
con el frío que reinaba en su interior. Sus ojos le devolvían una niebla espesa,
los condenó a permanecer cerrados. La cabeza le bailaba de un temor a otro, de
una pena a otra, de un escalofrío a otro. Era incapaz de encontrar la quietud
necesaria para cerrar el grifo y salir del pequeño receptáculo que era la
ducha. Aquellas mamparas de plástico traslucido eran, en ese instante, su fortaleza
contra los miedos que le acechaban afuera. Solo mantenía la boca abierta para
que entrara aire a bocanadas, tentado de ahogarse con el incesante caer del
agua mientras permitía que esta arremetiese contra su apestoso aliento a
alcohol. El ritmo constante, sus manos temblorosas apoyadas en los azulejos, la
tensión en cada músculo. Aquello era lo más parecido a la antesala del
purgatorio donde no tenían cabida sus pecados.
Se vistió
con la túnica de agua que le prestaba el momento.
Había
encontrado cobijo, como si fuera un conejo asustado perseguido por una reala
furiosa y sedienta de sangre. Lentamente, se fue deslizando hasta caer en la
porcelana rugosa. Abrazando sus rodillas permaneció allí contando una
eternidad, mientras no paraba de llorar. Aquellas lágrimas nacían apátridas al
fundirse obligadas con el agua para después, fallecer por el desagüe sin
constancia de su existencia. Vio pasar entre la cortina de agua y el vapor, la
sombra de sus temores que tropezó con la botella vacía tirada en el suelo.
Comprendió que estaba acabado. Su mente, en un arrebato de lucidez inesperado,
ordenó las variables y las opciones se agruparon claramente. Entendió que si
salía de aquel escondite tenía que enfrentarse a él. Y solo existían dos
opciones. Una de ellas ya la había vivido años atrás. Comprendió que era el
momento de que la otra, le cobrara el viaje.
Caminó
pesadamente, con más miedo que determinación, pero conocedor de que la decisión
estaba tomada y que había que hacerle frente. No tenía claro que fuera capaz de
conseguirlo, pero decidió no darle esa tregua al momento. Disimularía, pensó. Igual
el rencor había desaparecido, o todo había sido un alarde de nefasta
imaginación, lustros de diferencias irreconciliables con su mente que en el
fondo no habían existido más que en su mundo inventado. Se acercó con mesura,
con tiento, como esperando el mordisco de un perro lleno de miedo y rabia. Temeroso
de mirarlo, retiró despacio la banqueta roja de la falda de su piano y se
sentó. Se tomó un momento sujetando sus manos para evitar que le viera el
temblor. Izó la tapa de sus tormentos. Otro momento caducó. Respiró entonces
todo lo profundamente que le permitieron sus miedos y puso sus dedos en unas
teclas memorizadas en el fondo de su alma, donde hace años sus notas construían
sus historias vivaces acerca del amor y del deseo, de la pasión, de la risa, de
la vida. Y esperó.
Silencio.
No sucedió
nada. Absolutamente nada. ¿O si?
Aquel
piano que había sido su confidente, su amigo, su amor escondido, la fuente de
la misma inspiración que brotaba a borbotones cuando la jovialidad y la tersura
de su piel le hacían gala de miradas lascivas entre los filósofos de la vida
que le adulaban, aquel mismo piano que se lo había perdonado todo, la
indiferencia de finalizar una pieza aclamada en el tiempo y su falta de tacto a
la hora de agradecerle el esfuerzo, que en el declive había seguido sonando de
la misma manera, aunque sus dedos caminaran a trompicones entre sus costillas,
aunque sus caricias ya no tuvieran el tacto necesario, aquel piano se tornaba ahora
caballero enfermo de los males de la mente en el duelo que encarnaban sus
furias melódicas y sus sonidos compungidos. Aquel piano, estaba dispuesto a
hacerle pagar caro la osadía de no reconocerle su dedicación, la falta de mimos
cuando los necesitó y él los regalaba, generoso de ellos, a las damas baratas
de alterne en los comercios musicales, su orgullo manifiesto en los grandes
conciertos, cuando al finalizarlos, le cerraba su tapa con un portazo de
arrogancia que se le clavaba en el alma, apartándolo a un lado en la fama de
los aplausos. El mismo que había sido su escalón para progresar, su anhelo para
avanzar, para construir su fortaleza entre notas premiadas de antemano por la
crítica, su paladín, su defensor, su confesor, su gurú en la encrucijada de
ganar la gloria. Aquel mismo piano, tras años de consagración para su
beneplácito, había empezado a interpretar su venganza más cruel, su pieza
musical más dolorosa, terroríficamente abominable.
Cada nota
que él cincelaba con arte en el corazón de su piano, este le contestaba con un
silencio absoluto. No es que no sucediera nada. Al contrario. Ocurría todo. El
piano estaba componiendo para él todo un concierto magistral, toda una
maravillosa obra de arte, el éxtasis del maestro consagrado a la gloria, pero le castigaba con no poder escucharla, con
silencio, con vacío, con abismo, con la sordera del orgullo clavado en sus
entrañas. Él tocaba y tocaba, sus manos se deslizaban con los años de la
historia en su piel, expertas, concretas, precisas, confiadas de no errar la
interpretación que su mente prodigiosa le confeccionaba al momento, pero el
piano rencoroso, repleto de rabia contenida, confidente de su degradación como
compositor, conocedor de sus secretos de tantos años de represión, le arrebataba
la paz que supone escuchar su propia creación, el batir de las alas celestiales
en la armonía del contrapunto creado, la tensión resuelta de las cuerdas
percutidas, aquel bastión de las últimas corcheas furiosas, los bemoles
rígidos, el “increchento” desmesurado…
Volvieron
las amargas lágrimas a sus ojos desbordarse en ríos estériles de compasión,
cayendo mecidas por los movimientos eléctricos de su cuerpo corrupto al
afanarse en tocar más y más teclas, acordes imposibles de la pesadilla que
estaba sufriendo. Los dedos le sangraban en la orgía de odio que el piano le
restregaba en cada movimiento atacando la siguiente línea del imaginado
pentagrama. El silencio era tan inmenso, que ahogaba sus gritos de
desesperación como si se tratara de un vacío que lo engullía todo. A su
alrededor, su realidad comenzó a transformarse. La luz se volvió oscuridad. El
tacto, insustancial. El olor, en hedor de ciénagas repletas de fantasmas. El
calor, frío extremo.
El tiempo
se detuvo de repente en un sostenido interminable, los garfios de sus manos
extendidos entre la malla de las teclas del piano, la cabeza atrás, el aliento
ahogado, los músculos aún más tensos, a punto de resquebrajar la piel podrida
de su cuerpo desnudo, su mente precipitándose por el abismo del acantilado
persiguiendo el sonido inexistente, buscando el último aliento que le exculpe
de la condena a la perpetua muerte, rogando un instante de súplica, arrastrado
en el fango, cobarde, de rodillas, implorando el perdón personificado en el sonido
concreto del alma roja de la sangre que impregnaban las notas del acorde final
donde se hallaba varado y que amenazaba como guillotina presta al delirio del
populacho congregado en la plaza.
Solo
entonces, sucedió. Jadeaba extremadamente agotado.
De entre
toda la nada que giraba a su alrededor, de entre todo el silencio que le
quemaba las entrañas, sonó. Suave, extraño, pero contundente. Un simple arpegio
básico de tres notas, de inocencia infantil, de juego más que de composición,
de involuntario más que de estudio. La misma muerte que entre risotadas tocaba
a su lado las teclas que él iba dejando usadas, había decidido mofarse de él de
esa manera, cómplice de aquel piano que la había conjurado. Un arpegio de tres
notas que sonó en una cadencia ligera, una vez, dos veces, tres veces llegó a
contar. Su cuerpo se quebró. Toda la energía mantenida cedió a la fatiga
mientras aquellas notas mecían una tibia luz a lo lejos que aprendía a ser
recuerdo de lo compartido en los escenarios, solapada en el eco de un aplauso que
a falta de ser sonoro, brillaba. En ese momento comprendió, ahora que ya no
había posibilidad de enmendar los actos, justo entonces comprendió. “Es mi castigo”, pensó, como la maleta que uno carga
pesadamente llena de ropa, cuando va desnudo para el viaje a lo eterno.
La última
lección había sido determinante. Necesaria. Sublime, acordó. Pesadamente descansó
sus dedos magullados sobre la tapa de madera y con ternura, disciplinado, cerró
con suavidad el alma del piano, inclinando levemente la cabeza en señal de
profundo respeto. Cedió el sudor y la rabia de la interpretación al frío como
muestra de gratitud. Juntó las manos en su pecho, cobijando los últimos latidos
de su corazón que le marcaban un tempo “grave”. Dejó de tener miedo. Y comenzó
a escuchar, de nuevo, todas y cada una de las notas que lo habían envenenado.
Aquella maravillosa manera de introducir la pieza, acordes silábicos ejecutados
con maestría, interpretados con juicio… Estaba seguro de que sonreía, pero,
inconscientemente, ¿tarareaba?
No.
Moría.
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