sábado, 18 de marzo de 2017

Fuga de Fin...

FUGA DE FIN.
El agua le caía furiosa sobre su cuerpo cansado. El calor que sudaba cada gota se evaporaba con el frío que reinaba en su interior. Sus ojos le devolvían una niebla espesa, los condenó a permanecer cerrados. La cabeza le bailaba de un temor a otro, de una pena a otra, de un escalofrío a otro. Era incapaz de encontrar la quietud necesaria para cerrar el grifo y salir del pequeño receptáculo que era la ducha. Aquellas mamparas de plástico traslucido eran, en ese instante, su fortaleza contra los miedos que le acechaban afuera. Solo mantenía la boca abierta para que entrara aire a bocanadas, tentado de ahogarse con el incesante caer del agua mientras permitía que esta arremetiese contra su apestoso aliento a alcohol. El ritmo constante, sus manos temblorosas apoyadas en los azulejos, la tensión en cada músculo. Aquello era lo más parecido a la antesala del purgatorio donde no tenían cabida sus pecados.
Se vistió con la túnica de agua que le prestaba el momento.
Había encontrado cobijo, como si fuera un conejo asustado perseguido por una reala furiosa y sedienta de sangre. Lentamente, se fue deslizando hasta caer en la porcelana rugosa. Abrazando sus rodillas permaneció allí contando una eternidad, mientras no paraba de llorar. Aquellas lágrimas nacían apátridas al fundirse obligadas con el agua para después, fallecer por el desagüe sin constancia de su existencia. Vio pasar entre la cortina de agua y el vapor, la sombra de sus temores que tropezó con la botella vacía tirada en el suelo. Comprendió que estaba acabado. Su mente, en un arrebato de lucidez inesperado, ordenó las variables y las opciones se agruparon claramente. Entendió que si salía de aquel escondite tenía que enfrentarse a él. Y solo existían dos opciones. Una de ellas ya la había vivido años atrás. Comprendió que era el momento de que la otra, le cobrara el viaje.
Caminó pesadamente, con más miedo que determinación, pero conocedor de que la decisión estaba tomada y que había que hacerle frente. No tenía claro que fuera capaz de conseguirlo, pero decidió no darle esa tregua al momento. Disimularía, pensó. Igual el rencor había desaparecido, o todo había sido un alarde de nefasta imaginación, lustros de diferencias irreconciliables con su mente que en el fondo no habían existido más que en su mundo inventado. Se acercó con mesura, con tiento, como esperando el mordisco de un perro lleno de miedo y rabia. Temeroso de mirarlo, retiró despacio la banqueta roja de la falda de su piano y se sentó. Se tomó un momento sujetando sus manos para evitar que le viera el temblor. Izó la tapa de sus tormentos. Otro momento caducó. Respiró entonces todo lo profundamente que le permitieron sus miedos y puso sus dedos en unas teclas memorizadas en el fondo de su alma, donde hace años sus notas construían sus historias vivaces acerca del amor y del deseo, de la pasión, de la risa, de la vida. Y esperó.
Silencio.
No sucedió nada. Absolutamente nada. ¿O si?
Aquel piano que había sido su confidente, su amigo, su amor escondido, la fuente de la misma inspiración que brotaba a borbotones cuando la jovialidad y la tersura de su piel le hacían gala de miradas lascivas entre los filósofos de la vida que le adulaban, aquel mismo piano que se lo había perdonado todo, la indiferencia de finalizar una pieza aclamada en el tiempo y su falta de tacto a la hora de agradecerle el esfuerzo, que en el declive había seguido sonando de la misma manera, aunque sus dedos caminaran a trompicones entre sus costillas, aunque sus caricias ya no tuvieran el tacto necesario, aquel piano se tornaba ahora caballero enfermo de los males de la mente en el duelo que encarnaban sus furias melódicas y sus sonidos compungidos. Aquel piano, estaba dispuesto a hacerle pagar caro la osadía de no reconocerle su dedicación, la falta de mimos cuando los necesitó y él los regalaba, generoso de ellos, a las damas baratas de alterne en los comercios musicales, su orgullo manifiesto en los grandes conciertos, cuando al finalizarlos, le cerraba su tapa con un portazo de arrogancia que se le clavaba en el alma, apartándolo a un lado en la fama de los aplausos. El mismo que había sido su escalón para progresar, su anhelo para avanzar, para construir su fortaleza entre notas premiadas de antemano por la crítica, su paladín, su defensor, su confesor, su gurú en la encrucijada de ganar la gloria. Aquel mismo piano, tras años de consagración para su beneplácito, había empezado a interpretar su venganza más cruel, su pieza musical más dolorosa, terroríficamente abominable.
Cada nota que él cincelaba con arte en el corazón de su piano, este le contestaba con un silencio absoluto. No es que no sucediera nada. Al contrario. Ocurría todo. El piano estaba componiendo para él todo un concierto magistral, toda una maravillosa obra de arte, el éxtasis del maestro consagrado a la gloria,  pero le castigaba con no poder escucharla, con silencio, con vacío, con abismo, con la sordera del orgullo clavado en sus entrañas. Él tocaba y tocaba, sus manos se deslizaban con los años de la historia en su piel, expertas, concretas, precisas, confiadas de no errar la interpretación que su mente prodigiosa le confeccionaba al momento, pero el piano rencoroso, repleto de rabia contenida, confidente de su degradación como compositor, conocedor de sus secretos de tantos años de represión, le arrebataba la paz que supone escuchar su propia creación, el batir de las alas celestiales en la armonía del contrapunto creado, la tensión resuelta de las cuerdas percutidas, aquel bastión de las últimas corcheas furiosas, los bemoles rígidos, el “increchento” desmesurado…
Volvieron las amargas lágrimas a sus ojos desbordarse en ríos estériles de compasión, cayendo mecidas por los movimientos eléctricos de su cuerpo corrupto al afanarse en tocar más y más teclas, acordes imposibles de la pesadilla que estaba sufriendo. Los dedos le sangraban en la orgía de odio que el piano le restregaba en cada movimiento atacando la siguiente línea del imaginado pentagrama. El silencio era tan inmenso, que ahogaba sus gritos de desesperación como si se tratara de un vacío que lo engullía todo. A su alrededor, su realidad comenzó a transformarse. La luz se volvió oscuridad. El tacto, insustancial. El olor, en hedor de ciénagas repletas de fantasmas. El calor, frío extremo.
El tiempo se detuvo de repente en un sostenido interminable, los garfios de sus manos extendidos entre la malla de las teclas del piano, la cabeza atrás, el aliento ahogado, los músculos aún más tensos, a punto de resquebrajar la piel podrida de su cuerpo desnudo, su mente precipitándose por el abismo del acantilado persiguiendo el sonido inexistente, buscando el último aliento que le exculpe de la condena a la perpetua muerte, rogando un instante de súplica, arrastrado en el fango, cobarde, de rodillas, implorando el perdón personificado en el sonido concreto del alma roja de la sangre que impregnaban las notas del acorde final donde se hallaba varado y que amenazaba como guillotina presta al delirio del populacho congregado en la plaza.
Solo entonces, sucedió. Jadeaba extremadamente agotado.
De entre toda la nada que giraba a su alrededor, de entre todo el silencio que le quemaba las entrañas, sonó. Suave, extraño, pero contundente. Un simple arpegio básico de tres notas, de inocencia infantil, de juego más que de composición, de involuntario más que de estudio. La misma muerte que entre risotadas tocaba a su lado las teclas que él iba dejando usadas, había decidido mofarse de él de esa manera, cómplice de aquel piano que la había conjurado. Un arpegio de tres notas que sonó en una cadencia ligera, una vez, dos veces, tres veces llegó a contar. Su cuerpo se quebró. Toda la energía mantenida cedió a la fatiga mientras aquellas notas mecían una tibia luz a lo lejos que aprendía a ser recuerdo de lo compartido en los escenarios, solapada en el eco de un aplauso que a falta de ser sonoro, brillaba. En ese momento comprendió, ahora que ya no había posibilidad de enmendar los actos, justo entonces comprendió. “Es mi  castigo”, pensó, como la maleta que uno carga pesadamente llena de ropa, cuando va desnudo para el viaje a lo eterno.
La última lección había sido determinante. Necesaria. Sublime, acordó. Pesadamente descansó sus dedos magullados sobre la tapa de madera y con ternura, disciplinado, cerró con suavidad el alma del piano, inclinando levemente la cabeza en señal de profundo respeto. Cedió el sudor y la rabia de la interpretación al frío como muestra de gratitud. Juntó las manos en su pecho, cobijando los últimos latidos de su corazón que le marcaban un tempo “grave”. Dejó de tener miedo. Y comenzó a escuchar, de nuevo, todas y cada una de las notas que lo habían envenenado. Aquella maravillosa manera de introducir la pieza, acordes silábicos ejecutados con maestría, interpretados con juicio… Estaba seguro de que sonreía, pero, inconscientemente, ¿tarareaba?
No.

Moría.  

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