Voy a describirte lo que veo...
Desde
aquí, el prado donde al fondo, los muchachos han construido
el cercado con las terneras, que revolotean jugando entre ellas, a la
espera de que formen parte de los traspies de los más jóvenes por correr
tras de ellas, a media mañana, cuando suene la trompeta y replique el
tambor. Está en la planicie que deja el valle, entre los dos pequeños
repechos que dibujan la entrada al pueblo. El de la izquierda, repleto
de pinares,antesala del bosque firme y perenne, verde siempre de
intensidad rasgado por los rayos del sol que penetran por sus cortezas
de hojarascas y raices. El de la derecha, coronado por los prados
dorados de los trigos mecidos por el mismo sol.
Mas
hacia oriente, aparecen las primeras casas,engalanadas sus terrazas y
porches con infinitas flores, sus maderas barnizadas, sus piedras grises
labradas. Hoy es un día especial, la esperada Diada, y todo el mundo
arrima el hombro para que sea una gran fiesta. Los hombres y las
mujeres, las mujeres y los hombres, pequeños y grandes, todos intentando
que la pesadumbre del resto de los días quede en el olvido entre risas y
cantos, entre bailes y festejos. Puedo ver el ir y venir de las gentes,
afanosas en su tarea de divertirse, en corros reunidos entonando
antiguas canciones, otros bailándolas entusiastas.
Si más hacia la derecha miro, veo la cuesta que lleva a la Plaza Mayor, donde hay unas gentes preparando
el castillo de fuegos artificiales que esta noche reventará el silencio
oscuro del cielo con destellos infinitos, relámpagos y truenos bien
merecidos. Con esmero y dedicación, y buena dosis de cautela elaboran el
fin de esta fiesta , el colofón, la despedida hasta el proximo año. Sin
duda, boquiabierto quedaremos absorviendo los colores en el cielo para
impregnarlos en nuestra retina.
Los
crios no dejan de correr entre las casas, de gritar y alborotar,
meciendo el pueblo en un estruendo juvenil que nos trasnporta a todos a
edades tan recordadas. Se dedican a llamar a las puertas y salir
corriendo, y siempre al último, le toca ser presa del dueño, que le moja
con un cantaro de agua del río, fría como los tempanos de hielo. Sus
chillidos y nuestras risas, acompasan a las peñas que cantan con sus
dulzainas y tambores como si de uno mas de la orquesta se tratara. La
suerte nos sonrie, y son muchos los chiquillos que juegan para
beneplácito de sus padres y gentes de la comarca.
Terminando
la panorámica hacia la derecha se encuentra el castillo de quien es
dueño de estas tierras, soberano si, pero humilde y sencillo, que
acompaña con viandas y brebajes, vinos y quesos, carnes y pescados para
todos nosotros, el buen hacer festivo del pueblo. Su castillo vestido
para la ocasión, de sus torres penden serpentinas de colores, telas
mecidas por la brisa que flanean en un quieto movimiento. En sus almenas
no hay guerreros sino campesinos, que suben toneles repletos de panes
dulces, que a media tarde se lanzarán para regocijo de los que quieran
luchar por uno de ellos en el embarrado foso. Ningún año he visto caer
uno solo de esos panecillos a la tierra, la marea de manos es tal, que no se desperdicia ni una sola miga.
Detrás
de la inmensa construcción están las montañas, que hoy se ven claras y
certeras, gracias a que el sol brilla con naturalidad y el cielo está
limpio de nubes. Hoy nos regalan una temperatura tan agradable que el
fervor de la fiesta se encandila, acompaña las ganas de festejar, de
pasarlo bien, de disfrutar de la compañia de las gentes, de las
historias, de las canciones, los trucos de la magia, el paseo de
cabezudos, los alequines y las marinetas para los mas pequeños, con sus
cuentacuentos y cumplesueños, de las hogueras, las mesas en las plazas,
los bailes, las risas a carcajadas...
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