lunes, 17 de septiembre de 2012

Día de fiesta...

Voy a describirte lo que veo...

 Desde aquí, el prado donde al fondo, los muchachos han construido el cercado con las terneras, que revolotean jugando entre ellas, a la espera de que formen parte de los traspies de los más jóvenes por correr tras de ellas, a media mañana, cuando suene la trompeta y replique el tambor. Está en la planicie que deja el valle, entre los dos pequeños repechos que dibujan la entrada al pueblo. El de la izquierda, repleto de pinares,antesala del bosque firme y perenne, verde siempre de intensidad rasgado por los rayos del sol que penetran por sus cortezas de hojarascas y raices. El de la derecha, coronado por los prados dorados de los trigos mecidos por el mismo sol.

Mas hacia oriente, aparecen las primeras casas,engalanadas sus terrazas y porches con infinitas flores, sus maderas barnizadas, sus piedras grises labradas. Hoy es un día especial, la esperada Diada, y todo el mundo arrima el hombro para que sea una gran fiesta. Los hombres y las mujeres, las mujeres y los hombres, pequeños y grandes, todos intentando que la pesadumbre del resto de los días quede en el olvido entre risas y cantos, entre bailes y festejos. Puedo ver el ir y venir de las gentes, afanosas en su tarea de divertirse, en corros reunidos entonando antiguas canciones, otros bailándolas entusiastas.

Si más hacia la derecha miro, veo la cuesta que lleva a la Plaza Mayor, donde hay unas gentes preparando el castillo de fuegos artificiales que esta noche reventará el silencio oscuro del cielo con destellos infinitos, relámpagos y truenos bien merecidos. Con esmero y dedicación, y buena dosis de cautela elaboran el fin de esta fiesta , el colofón, la despedida hasta el proximo año. Sin duda, boquiabierto quedaremos absorviendo los colores en el cielo para impregnarlos en nuestra retina.

Los crios no dejan de correr entre las casas, de gritar y alborotar, meciendo el pueblo en un estruendo juvenil que nos trasnporta a todos a edades tan recordadas. Se dedican a llamar a las puertas y salir corriendo, y siempre al último, le toca ser presa del dueño, que le moja con un cantaro de agua del río, fría como los tempanos de hielo. Sus chillidos y nuestras risas, acompasan a las peñas que cantan con sus dulzainas y tambores como si de uno mas de la orquesta se tratara. La suerte nos sonrie, y son muchos los chiquillos que juegan para beneplácito de sus padres y gentes de la comarca.

Terminando la panorámica hacia la derecha se encuentra el castillo de quien es dueño de estas tierras, soberano si, pero humilde y sencillo, que acompaña con viandas y brebajes, vinos y quesos, carnes y pescados para todos nosotros, el buen hacer festivo del pueblo. Su castillo vestido para la ocasión, de sus torres penden serpentinas de colores, telas mecidas por la brisa que flanean en un quieto movimiento. En sus almenas no hay guerreros sino campesinos, que suben toneles repletos de panes dulces, que a media tarde se lanzarán para regocijo de los que quieran luchar por uno de ellos en el embarrado foso. Ningún año he visto caer uno solo de esos panecillos a la tierra, la marea de manos es tal, que no se desperdicia ni una sola miga.

Detrás de la inmensa construcción están las montañas, que hoy se ven claras y certeras, gracias a que el sol brilla con naturalidad y el cielo está limpio de nubes. Hoy nos regalan una temperatura tan agradable que el fervor de la fiesta se encandila, acompaña las ganas de festejar, de pasarlo bien, de disfrutar de la compañia de las gentes, de las historias, de las canciones, los trucos de la magia, el paseo de cabezudos, los alequines y las marinetas para los mas pequeños, con sus cuentacuentos y cumplesueños, de las hogueras, las mesas en las plazas, los bailes, las risas a carcajadas...

Ahora que termino de recorrer la vista que me ofrece mi atalaya encuentro tu rostro, a mi diestra, mirando al infinito que te describo, con los ojos tristes, brillantes. Tus labios serenos, tu expresión serena y el silencio enormemente callado. Y no consigo entender. Pero fuerte agarro tu mano, y tú, fuerte la mía.

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