sábado, 29 de septiembre de 2012

Marinero...


Quería echar mi barca al mar,
hacerla navegar hacía ti
pero no me di cuenta
que absoluta calma
pintaba el horizonte
los reflejos inmóviles,
los vientos quietos
de nada me sirvió
izar mi lastimosa vela
pero el deseo me pudo,
siempre si es por llegar a tu vera,
y rompí el espejo
que me mantenía a flote
hiriendo la mar con mis viejos remos
y buscando las fuerzas
bogué lentamente con el mismo rumbo,
respirando el salitre que me inundaba las venas
removiendo mi conciencia a su paso
por lo complicado de mi sentido.

No temo,
no me asusta,
no corrompe mi epopeya
que el tiempo no ceda en su rutina
de marcar las horas,
que los días y las noches se sucedan
sin conocimiento de un fin concreto,
es tiempo ,y tiempo ,
tengo todo el que me regala la vida
pues mientras viva,
no me quedo sin él
y muerto,
la odisea de llegar a ti habrá perdido juicio,
y los fantasmas entonces
no tendrán el valor
de echarme en cara que toda una vida,
la que tenía entonces,
la sembrara con la semilla
de la incertidumbre de encontrarte.

A mi lado
mi inextinguible compañera,
inmortal,
la que no pierde oportunidad
de serme infiel con otra vida,
la que me guía, y reconozco,
que más veces me turbía,
la que me engatusa
con versos contaminados
leídos en la infancia,
describiendo parajes y paraísos
que no he conseguido jamás hallar,
pero que me alienta
a seguir constante avanzando
remando con lentitud
con pausado esfuerzo
hacia ese infinito que es tu horizonte,
perfectamente sentada
equilibrando mi barca
con su sonrisa perenne,
su blanco manto
y el brillo fugaz en sus ojos.

No cede el Sol
y aparece y desaparece,
jugando con la Luna
a no encontrarse jamás,
cuanto me recuerda,
cuando flojean mis fuerzas,
en los amaneceres fríos
que me toca malvivir
cuando mis huesos
se encuentran fuera del mar,
a mi propia historia
tantas veces maldecida
y repetida,
de seguir siempre tras de ti,
y no darte alcance nunca,
que más si no fuera porque en ti creo
renegado tirado estaría,
en el suelo de la propia muerte
rogando al mismísimo diablo
perecer en sus hogueras
de alquitranes putrefactos,
pero puestos a navegar
de nuevo,
me da la vida el silencio que me acuna
la brisa en mi rostro viejo,
la dulce idea de esta vez
conseguir llegar
y vuelvo a izar mi vela,
siempre rasgada,
cansada de no encontrar
el barlovento deseado,
como estandarte de mi esfuerzo
aunque me toque remar, y remar
siempre henchida mi barca
de orgullo marino
como la primera vez
que fue botada.

Las sirenas se apiadan
de lo que queda de mi
y con sus cánticos
adormecen mis noches
imploran divinidades
que me halagan en sueños
brindándome océanos de azules profundos
de majestuosas olas,
de vientos severos
de fuerza hercúlea,
playas de infinita arena
que susurran desiertos;
me presentan
al mismísimo Poseidón,
me convida a manjares
me regala perfúmenes,
me acomoda en divanes
de conchas marinas,
y cuando estoy flotando
en el sueño mas grato,
cuando entras en mi mente,
cuando me ven sonreir,
en el final de mi viaje,
ceden su destino
a no tenerme consigo,
y entonando una sola melodía
siempre la mas dulce voz,
me empujan liviano
de nuevo a la ruta
encarado al amanecer.

No llevo brújula
que me oriente,
mas las estrellas creo me guían,
o mas bien,
mi fe en ellas me engaña,
siendo condescendiente
conmigo mismo,
pues siempre termino
varado en la misma playa
tras días de no encontrarte,
y noches eternas de soñarte,
pensando como será
dejar de navegar hacia el Sol
siempre hacia el Sol,
y no regresar,
pero mañana
que amanecerá de nuevo
volveré a arrastrar mi barca
de nuevo al mar
y pondré rumbo al Sol
para renunciar a los temores
de estar en tierra enrarecida
y volver a creer
que te encontraré,
que algún día amarraré
mi soga gastada de tanto dique esteril
en tu puerto,
que echaré pie a tierra y el mar,
lavara entonces mi alma cansada,
que tu mirada disipará
la niebla marina,
dejándome contemplar
el paraíso deseado,
que tu latido marcará
el único tiempo que me quede
para morir en paz
sabiendo que en lo que creía
no era una historia de marinos,
ahogados en lagos de agua dulce,
de soledad y tristeza densa,
sino lo que me contaban
aquellos versos que distraída
mi compañera en mi barca,
me hacía siempre recordar,
que leídos en la infancia,
siendo muy niño,
creí con toda la pequeña fuerza
de mi alma marinera,
aquel himno sagrado que rezaba
siempre el viejo junto al mar
ese Aleluya eterno.

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