domingo, 24 de agosto de 2014

Jazz...

Regentaba un club de Jazz,
de maderas caobas
y terciopelos rojos
de humos discretos
y maltas espirituosas.

Siempre perfumada
a tierra mojada y tormentas de verano
femenina y sensual,
de pasos serenos
al ritmo de compases dibujados
un baile orquestado
de miradas intensas.

El tiempo pasaba
entre las cortinas de la siguiente actuación
sin prisas ni pausas
allí no existía
la necesidad de mirar el reloj
se vivía, se volvía a vivir.

De su figura el deseo
de uñas burdeos
en tacones de respeto
aquellas medias de liguero
que vaporaban sueños
de piernas infinitas
y curvas peligrosas.

Adicta a los placeres
de pequeños tesoros
servidos entre velas
en una mesa a contraluz
carmín en la copa de vino
elixir en sus labios prohibidos
de risas entre sonrisas
hasta la siguiente canción.

Si te miraba
te arrepentías de parpadear,
dejaba una nota en tu chaqueta
escrita con pluma de oro
y si la leías
el alma te pedía otro licor
un piano y un saxofón,
cuatro músicos y otro tema,
para poder despejar la mente,
su perfume en tu solapa
tu retina empañada.

Ella,
regentaba un club de Jazz
en los bajos de una calle de Chicago
donde paraban los errantes
a sosegar el espíritu
a golpes de flow y ritmo eterno,
y allí, en la mesa 13
el sombrero a un lado,
el cigarrillo en la mano,
la miraba,
la contemplaba,
esperando a oír que me nombrara
en un susurro delicado
con su mano apoyada en mi hombro
para regalarla flores en partituras
todas las noches que eran de noche.




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