martes, 11 de septiembre de 2012

El Cumplesueños


Aquella mañana Anais decidió que ya era hora de decirle a su padre a las claras lo que más le apetecía. Reunió todas sus fuerzas, dejó a su muñeca Dolly apoyada en la almohada de su cama y se aliso el vestido. Levantó la frente y con aire majestuoso salió de su cuarto, enfilando el pasillo que la llevaría al salón.

Anais apenas tenia 8 años. De cabellos negro, dos coletas acompasaban sus andares con el mismo ritmo que marcaban sus pequeños brazos, y sus pasos no producían ni eco. Sus ojos marrones de luces anacaradas, grandes, clavados en la luz que desprendía el hogar en el salón y sus labios serenos hacían de ella toda un alarde de decisión e iniciativa.

Ella repasaba su discurso. Sabía que su madre ya no estaba con ella, pues había muerto de una extraña enfermedad hacía algunos años, pero resonaba en su memoria su voz cuando le decía “cuida de papá, él lo necesita”. Anais siempre veía triste a su padre, y durante estos pocos años, había sido siempre su compañera y su amiga, y con su corta edad, siempre procuraba que su padre pudiera esbozar una sonrisa haciendo el payaso o cantándole una canción inventada. El siempre hacía el esfuerzo de compensarla, en ocasiones con poca sinceridad en sus labios, pero ambos daban por bueno el esfuerzo. Pero eso no quitaba para que ella hubiera decidido afrontar esta situación con firmeza, sabiendo que era el momento, que su padre debía entenderlo y darle lo que pedía.

Con entereza, y gesto altivo Anais detuvo su paso justo enfrente del sofá donde su padre leía unas notas, un montón de papeles, que apenas podía controlar entre sus dedos, con las gafas pequeñas cubriéndole los ojos, la chaqueta gris vieja que parecía uniformarle, el lápiz entre los labios. Ella no dijo nada. Se quedo inmóvil hasta que consiguió que la concentración de su padre se volatilizara. Este suspiro profundamente, y mirando al infinito le murmuro:
-         ¿Sí, Anais?.

Anais, como si de un perfecto engranaje se tratara, y sin apenas tomar aliento, espetó de carrerilla:

-         Papá, creo que ya es hora de que te diga que quiero que me lleves a montar a caballo, lo tengo decidido, ya soy mayor, puedo montar, quiero montar, papá, no acepto que me digas que no, tengo 8 años y eso es suficiente, así que quiero montar... a caballo, si... decidido.

Al padre se le cayó el lápiz de entre los labios, y ante la idea de que la cara que en ese momento tenía fuera tan de atónito, hizo un rápido gesto intentando atraparlo con sus manos llenas de papeles y en un momento papeles y lápiz estaban bailando un baile desconcertante y alborotador, sin que las manos fueran capaces de atrapar ni lápiz ni papeles. Desesperado, el padre dejó reposar el instante hasta que todos los papeles hubieran caído al suelo, con gesto cansado. Cuando se disipó la nube de hojas, allí estaba Anais con sus ojos grandes clavados en los de su padre, sujetando con firmeza el lapicero con aire victorioso.

Él sabía que no se podía permitir ese lujo. El trabajo escaseaba. La pena le inundaba y era consciente de que no había levantado cabeza desde que ella faltaba. Y lo que menos podía permitirse era una lujosa clase de equitación. Pero los ojos de Anais seguían incandescentes quemándole los suyos y eso no lo podía soportar. Así que decidió tomarla en sus brazos, acomodarla en su regazo y con esa voz pausada que le caracterizaba la empezó a decir:

-         Anais, mi princesa... pero, eso que tu quieres... no es algo normal... no se pueden querer esas cosas, así como así, porque son especiales... - Anais por supuesto, que le interrumpió.

-         ¿Especiales?. ¿Cómo que especiales?. ¿A qué te refieres con especiales?. Solo es lo que yo quiero, papá.

-         Son especiales, porque no son simples... Anais, se trata de sueños, me estas pidiendo un sueño, que te cumpla un sueño y yo no soy quién cumple los sueños.

-         Pero papá, ¿entonces?... ¿Qué ocurre con mi sueño?. ¿Quién me lo cumple?. ¿Quién va a conseguir que yo monte a caballo, papá?, porque es que yo quiero montar a caballo, lo deseo con todas mis fuerzas, por favor, papá, ya soy mayor, yo, yo...

-         No te preocupes Anais, claro que cumplirás tu sueño, pero para eso, necesitas que un “Cumplesueños” te encuentre... es así de sencillo. cuando te encuentre, te ayudará a cumplir tus sueños.- Los ojos de Anais se hicieron enormes, la luz del viejo hogar brillaba en sus pupilas y susurro delicadamente.- ¿Un Cumplesueños?.


El cerebro del padre empezó a rechinar. Se estaba metiendo en un jardín enorme, pero no quería decirle a su hijita que no podía hacer realidad sus deseos, así que obligo a sus neuronas a ponerse a funcionar a toda máquina y continuó describiéndola:

-         Un Cumplesueños es una persona que es especial. Son como tú, o como yo, grandes y pequeños, rubios o morenos, gordos o flacos. Pero solo hay unos pocos repartidos por todo el mundo, y están atentos para saber cuándo una persona es digna de que pueda cumplir un sueño. Entonces acuden, aparecen y hacen realidad ese deseo.

-         Oh, papá.- Anais estaba encandilada, parecía que la historia había surtido efecto y se la creía, a juzgar por el entusiasmo que desprendía.- Entonces, ¿qué tengo que hacer para que un Cumplesueños piense que merezco mi deseo, papá?. – Anais susurraba ahora cómplice de lo que su padre le contaba, mirando a ambos lados del salón por si alguno de esos Cumplesueños pudieran escucharla.

Su padre le explicó que para que un Cumplesueños pudiera darse cuenta de que ella era la elegida para cumplir el deseo pensado, ella tenía que ser buena persona, intentar que la gente nunca dijera nada malo de su manera de ser, que fuera siempre respetuosa, que ayudara a los mayores, que no se peleara, que cuidara su aseo, ordenara su cuarto y fuera siempre muy paciente, pero que no podía intentar hacer todo esto pensando que lo único que quería era que apareciera el Cumplesueños, porque si no, jamás aparecerían. “Los Cumplesueños solo aparecen cuando la gente que quiere cumplir un sueño es sinceramente buena de corazón,” le aseguró su padre. Anais, de un brinco, salto del regazo de su padre y desprendiendo energía, beso su mejilla y salió corriendo hacia su cuarto gritando “¡voy a ser superbuena, papá!. Él respiro algo intranquilo, recogió todos los papeles, los ordenó, mordió el lapicero y se puso sus viejas gafas. Una mueca en los labios le dio el beneplácito de la historia inventada.



Los primeros días Anais dejaba siempre su cuarto ordenado, sus muñecas perfectamente vestidas y sentadas, la cama hecha y la ropa guardada en el armario. Ayudaba a su papá con las tareas, ponía la mesa y ayudaba a recoger, le brindaba sonrisas inmensas y procuraba siempre contarle su día en el colegio. Siempre iba atenta, con sus grandes ojos marrones, intentando descubrir su Cumplesueños, pero sin que notara que le andaba buscando, para que no la pudieran echar en cara que estaba incumpliendo las normas. Siempre pensaba que no se la notaba. En la escuela se aplicaba, era buena con sus compañeros y la maestra estaba encantada. Pero la pudo la impaciencia. Apenas habían pasado dos meses cuando una noche mientras cenaban le preguntó a su padre si sabía cuánto tardaban en aparecer los Cumplesueños. Es cierto que lo susurro, casi con miedo a que la escucharan, porque ella quería ser buena y cumplir su sueño, pero dos meses, eran muchos días de hacer un montón de cosas bien. “Debiera bastar”, pensaba para si misma. Pero su padre encogió los hombros y la dijo:

-         “ No lo sé, princesa, aparecen cuando aparecen, deben tener mucho trabajo intentando hacer realidad tantos deseos de niñas buenas, se paciente”.

Aquella pequeña conversación se repitió muchas más veces, siempre escueta, corta, lo suficientemente clara para que ambas partes supieran lo que tenían que hacer. Las buenas maneras de Anais se convirtieron en rutina, en la misma manera que la fe que había depositado en el Cumplesueños se desvanecía con la edad, dejando paso a la madurez, y al dejar de creer en los cuentos que una vez le contaba su padre.

De hecho no había vuelto a pensar en ello hasta que un día una llamada de teléfono la despertó. Apenas eran las 5 de la mañana pero al escuchar la voz por el auricular sabía perfectamente que la iban a contar. Su padre había fallecido. Ahora, tres mil kilómetros los separaban. Él, envejeció en el pequeño pueblo que los vio crecer, y las ansias de vivir de Anais, la habían conducido a la gran ciudad. Tomo el primer vuelo posible, con una pequeña mochila y lo imprescindible. No podría quedarse mucho tiempo. El trabajo, su familia, la situación tensa que vivía con su marido, no la permitirían un respiro. De los silencios forjo las lágrimas que le dedicó, cuando lo vio desaparecer para siempre en su humilde ataúd, donde dejo caer una pequeña rosa amarilla. A cambió, ella solo recibió una pequeña caja de latón con las viejas gafas, aquel lapicero mordido y un sobre que contenía unas letras dedicadas:

            - “ Pequeña princesa, tu Cumplesueños sigue buscándote, no te desanimes. Yo, después de todo este tiempo, encontré el mío, y ahora me ha concedido mi deseo, volver a estar con tu madre. Te quiere con amor infinito, tu papá”

El sabor amargo de su pena fue bañado en silencio con sus lágrimas durante todo el trayecto, arrinconada en la butaca del avión.




Los años pasaban. Anais se debatía entre muchos problemas. Su relación con su marido no funcionaba. Bueno, presuponer que podría funcionar era cerrar los ojos a lo evidente. Ella había interiorizado la idea de ser buena, de darse a los demás, de intentar conversar, eludir las discusiones, de ser paciente,  y ya no recordaba exactamente por qué. Por supuesto, la idea del Cumplesueños yacía en el fondo de un cajón encerrada en aquella pequeña caja de latón.  Casi tan distante como los años estupendos vividos donde el amor la cegó para abandonarlo todo, creyéndose participe de una historia preciosa que después de tantos años se había convertido en un naufragio de penas y tristezas, a costa de que la buena voluntad de Anais hubiera sido suficiente para que aquella persona sin desprecio la utilizara en su beneficio, convirtiéndola en una marioneta, trasteando con su vida a su merced, y sin la capacidad de poder avanzar ni saltar de ese precipicio. Hubo peleas, golpes e insultos, días exageradamente tristes, lágrimas, gritos incandescentes que ardían en su interior, solo porque aquella persona se emborrachaba, o aún sin estarlo, porque culpaba de todos sus males a Anais, echándola la culpa de su mala suerte, de la falta de trabajo, de lo poco que ganaba ella en su empleo. La vida no era un camino de rosas, pero tenía la certeza de haberse arañado con todas las espinas de aquellos rosales. Despedirse de su padre la costo años atrás más de un morado.

Y sin embargo, ella seguía intentando dar lo mejor de si misma. E incluso sonreía para calmar los ánimos. Era condescendiente con el momento, desprendida en su tiempo, hacia la casa sin quejarse, tras una dura jornada de trabajo en aquella pestilente fábrica. Tanta bondad la llevaba a equivocarse y a justificar su existencia tan depravada como algo que debiera ser así. Realmente, estaba humillada, y lo peor es que no esperaba poder cambiarlo.

Aquella tarde de otoño, Anais había resuelto sus tareas profesionales con especial premura, y sin darse cuenta, abandonaba la fábrica dos horas antes de lo que debiera. Por su mente cruzó el pensamiento de ser dueña de un tiempo con el que no contaba, el día aun era claro, hacía una temperatura agradable y el parque de Cherrson invitaba a pasear. No se lo pensó mucho más. Sabía que su marido no llegaría hasta al menos 6 horas mas tarde, con lo que se despreocupó de las tareas de la casa y de tener que prepararle una cena caliente que se iba a enfriar. Aseguró su bolso en su hombro, subió la cremallera de su abrigo y empezó a caminar cuesta abajo, escoltada por los chopos que derramaban hojas amarillentas sin cesar.

El parque de Cherrson es una basta extensión de praderas verdes, árboles infinitos que parecen arañar el cielo, estanques de aguas oscuras y aves ruidosas, recorrido por amplias arterias de cemento gris. En esta época del año, las hojas caídas cubren como alfombras los verdes tildando a todo el lugar de un abanico de colores pastel que embriagan la visión, transportándolo al visitante a un verdadero paraíso. Anais había olvidado cuándo fue la última vez que paseo por allí. No recordaba los pinares tan inmenso, ni la plaza con aquella magnifica estatua de los niños jugando, ni el recodo que hacía el riachuelo que alimentaba los estanques y en el que las parejas se daban besos furtivos. Le faltaban los recuerdos de sus largos paseos entre los robles eternos, el color de las moras de la parte oriental, los rayos de sol cruzando las hojas, el susurro del viento acompañándolo, los grandes estanques. Lamentaba fugazmente tener la memoria llena de tantísimos sinsabores para volver a compadecerse de su vida en silencio, enjugando sus lágrimas antes siquiera de que nacieran. Había olvidado la caseta de los barquillos, donde una mujer de edad avanzada seguía vendiendo aquellos dulces con sabor a canela que preparaba al instante, y agasajaba con un chocolate humeante imposible de no ser olfateado a leguas de allí. Al olerlo se estremeció. Y sucumbió a la tentación de gastarse una moneda en disfrutarlo. La anciana no tardo en prepararla el mejor de los chocolates que la brindó con una sonrisa, sus ojillos pequeños pero sinceros. “ ¡Qué momento!”, pensó Anais.

Pero en ese mismo instante en que ella estaba sonriente, sedienta de sorber su triunfo, sin levantar la mirada de la taza y su chocolate, al tratar de girarse, tropezaron sus manos con el cuerpo de un hombre que esperaba su turno. Todo el chocolate se derramó por el abrigo azul que se levantaba justo por delante de su mirada. El grito ahogado de Anais no fue suficiente para aventurar el desastre y el olor del cacao caliente se expandió rápidamente por toda la zona.

-         ¡Lo siento mucho!.- se apresuró a decir Anais, a la vez que destripaba un servilletero con el afán inútil de absorber tanta bebida.

Entre “ops” y “ups “ y algunos “ufff”, los siguientes segundos parecieron los más largos de la vida de Anais. Sus manos la recordaron a la de su padre con todos los papeles entre los dedos, incapaz de conseguir atender la demanda que precisaba, pero cuando esperaba la consabida reprimenda, una cálida mano la agarró una de las muñecas para romper el bucle infinito al que había sucumbido y entonces empezó a escuchar “no pasa nada, no se preocupes, de veras”. Se dio cuenta de que al menos llevaban sonando un buen rato, pero en su afán de remediar el percance, se había desconectado por completo. Levantó su mirada y encontró unos ojos negros pequeños, que la miraban brillantes, y una sonrisa complaciente que acompañaba el movimiento de unos labios que imploraban que parase. Ahora la voz sonaba con claridad, cómoda, tranquila, suave, en un tono muy agradable.

-         No pasa nada, señorita, de veras, esto es un percance sin importancia, además, dicen que los baños con chocolate son muy recomendables. A la salud de mi viejo abrigo le vendrá de perlas, jajajajajaja. .- La sonrisa se convirtió en una risa liviana que acomodaba la torpeza de Anais.
-         A sido sin querer, estaba pensando en el sabor, el olor y no me di cuenta, lo siento muchísimo.
-         No importa, no se preocupe, pero se ha quedado sin chocolate y eso si que es importante, así que déjeme que la invite a uno...

Anais le interrumpió de inmediato con negativas, ella no podía permitir que aquel joven le invitara, después de su torpeza, por supuesto que no, pero agudizó su memoria y recordó que tampoco tenía para un segundo chocolate, pero como si la hubiera leído el pensamiento, los ojos de él se clavaron en los de ella y con firmeza la dijo:

-         Me llamo Martín... y sé que estaba en medio entorpeciéndola, así que insisto... pediré dos chocolates, pero por favor, apártese, que no queremos mas accidentes, ¿verdad?.

Anais sintió como sus mejillas se enrojecían al instante, y el rubor se trasformó en un calor que la subía por la espalda, bajo la mirada y esbozo una ligera sonrisa. Martín pagó a la anciana. Poso delicadamente una taza de chocolate humeante en las manos de Anais y con cierta mirada comprensiva le preguntó si tenía tiempo para un paseo. La facilidad con la que las palabras de Martin sonaron en su cabeza, la sensación de comodidad que le transportaba y el saberse dueña de esas horas libres concluyeron en una leve caída de párpados y un “sí” sutil.

Sin mediar mas palabras, ambos se pusieron a caminar lentamente hacia el lago del Corkn, uno de los más bonitos a esas horas de la tarde, pues los rayos de sol incidían en sus aguas reflejándose en un pequeño palacio de cristal provocando destellos increíbles. El calor de la bebida acompañaba el paso y el sabor iba endulzando el momento. Anais se sentía extraordinariamente feliz, pensaba, con la sola presencia de este desconocido. Se arremolinaban en su mente una y mil posibilidades y por supuesto, una y mil contradicciones que las hacían desaparecer, cómo podía ser que estuviera bien, quién era este tal Martin, qué pasaría si su marido la viera, cuántas veces la golpearía...

En ese devenir entre las tristes sonrisas y las sonrisas aun más tristes, Martín decidió romper el hielo, como si de dos amigos de toda la vida se trataran.

-         Tendrá que disculparme, pero, aun no sé cuál es su nombre...

-         Uf, lo siento, que falta de educación, ni siquiera me acordé de mencionarlo... Me llamo Anais, y por favor, no me trate de usted Martín. Mucho mejor nos hablamos con cordialidad.- Y esbozo una mueca de aprobación en sus labios.


-         Me parece perfecto Anais, seamos cordiales... - También sonrió, a la vez que sus ojos negros se hacían un poco más pequeños. Eran profundos, con un color intenso, limpio. Trasmitían candidez, fuerza y una pizca de tristeza, que Anais no supo muy bien a que podría deberse, solo era como un pequeño destello, a lo que tampoco le dio mucha importancia.

Ambos sintieron la posibilidad de hablarse sin necesidad de mediar muchas más cautelas, y una vez aprobadas las consabidas preguntas de rigor para situarse, se vieron inmersos en una agradable conversación sobre la vida, sobre las gentes de aquella parte del mundo, la sociedad, los valores. Los dos se dieron cuenta de que sus posturas confraternizaban y a la vez, estaban expuestas sin basarse en la realidad que les había tocado vivir, pero ninguno de los dos decidió adentrarse en los pormenores que ocultaban. Estaban cómodos sin saber mas de lo que quedaba atrás y mucho mas interesados en disfrutar de ese espléndido momento.

Habían recorrido buena parte del lago Corkn, dejando que el sol les engatusara con sus figuras irreales y los sonidos los mecieran. Anais no recordaba donde terminaba el camino que seguían. Probablemente, no hubiera ido nunca por el, o de hacerlo, fue hace mucho tiempo. Pero bajando la última de las cuestas empezó a divisar unas grandes casetas de madera, divididas en cuadraditos con unos ventanucos por donde asomaban algunos caballos. Recordó entonces cuanto había deseado montar a caballo, las historias que su padre se inventaba para que ella pudiera estar ocupada y no tener que ceder al deseo que no podía costear. Los valores que le había enseñado con la historia del Cumplesueños, el esfuerzo de tener que decirla que “no” con esa sutileza y el destrozo que le supondría a su papá no poder concederle ese deseo. En el momento justo en que una lágrima iba a resbalar por su mejilla, se dio cuenta de que estaban a la entrada de las cuadras, y que Martín la miraba entusiasmado, con una sonrisa en sus labios y antes de que Anais pudiera decir nada, la dijo:

-         De pequeño montaba a caballo, así mis padres me entretenían y la verdad es que funcionaba. Es algo que debería probar todo el mundo.- Sus ojos se llenaron de luz y Anais se embriagaba con ellos.- ¿ Quieres que demos una vuelta?, la preguntó.

Anais se quedó de piedra. Su sueño de niña estaba frente a ella. El deseo de su niñez podría cumplirse. Su cabeza empezó a deambular por las historias, los momentos vividos, la de veces que había creído que los Cumplesueños no existían, la de ocasiones en que siendo algo mas mayor empezó a darse por vencida, a ver que su padre la había mentido con esa historia, una historia de niñas, para no tener que decirla que no, y sin embargo ahora, los ojos se le emocionaban, le temblaban los labios, “tengo un Cumplesueños delante de mí, no, no, tengo mi Cumplesueños, papá tenía razón, existen, y Martín es el mío, ha venido a cumplir mi deseo”.

Anais era incapaz de articular palabra, así que miró con emoción a los ojos de Martin. Sus pupilas se encontraron. Se dilataron. La sinceridad reinaba en esa mirada y Anais esbozo la sonrisa más inmensa y maravillosa que podía dedicar. Aquella sonrisa nació del mismo corazón de Anais, que latía con fuerza y constante, con ansia del momento que vivía, del aliento de la vida que ahora mismo sentía, de la ternura de sus gestos, del ahínco de mantenerse fuerte en cada una de las tormentas vividas, de la recompensa del esfuerzo invertido en mantener su bondad, incluso de la fatiga de los golpes recibidos y el perdón mil veces emitido. Aquella sonrisa eran miles de reflejos del sol, eran los recuerdos de su padre, de su dedicación, del esfuerzo de criarla solo, era su vida, su entrega, cada una de sus bondades, era única, eterna en el momento, bella, poderosa.

De repente, se dio cuenta de que de los ojos de Martin caían enormes lágrimas que se deslizaban por sus mejillas blancas. Se quedó atónita, ¿por qué lloraría él?. Estaba claro que ella estaba muy emocionada, toda una vida de espera, pero le pareció que aun así, Martin apenas la conocía y aunque fuera muy sensible y la viera así de emocionada, era demasiado que él se pusiera a llorar de esa manera. Parecía tan asombrosamente feliz, como ella, y parecía que sus lágrimas también daban esa sensación. Justo en el momento en que consiguió retener aire en sus pulmones para preguntarle y antes de emitir sonido alguno, Martin la tomó las manos y mirándola fijamente, la susurro:

-         Eres mi Cumplesueños, ¿verdad?. Gracias por dedicarme esa sonrisa tan sincera y que tanto soñé cuando era niño, y que mis padres no pudieron regalarme nunca


En  la primavera de 1942,el 23 de abril, Martin cumplió 8 años. Él y sus padres estaban prisioneros en el campo de concentración de Buchenwald., Alemania. Ese mismo día, el pequeño Martin le pidió a su padre una sonrisa verdadera como regalo de cumpleaños, incapaz de encontrar ninguna entre tanta tristeza. Su padre ,agonizando, le narró la historia del “Cumplesueños” .Y falleció.


1 comentario:

  1. Que bonito, seguiremos buscando nuestro cumplesueños...... donde estará?

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