Ella allí sentada
a la vera de la luz de la tarde en la escalera
mirando un horizonte que no oculta atardeceres
perdida su distancia
en un olvido eterno.
Ella en el reposo continuo
en la alcoba de un sueño que no cesa
rompiendo los pilares de su mundo
que se desmorona cada vez que un segundo
cae en las redes del tiempo.
Ella sin su palabra
expresándose con sonrisas que no entiende
algunos gestos decaídos
que narran lo que fue y perdura
en el fondo de su retina
cuando contempla la madrugada
perdida en el balcón de su propia alcoba.
Ella,
que sus pasos son dudas
en el firme de un suelo de rocas incautas,
que avanza solo porque la vida sigue
y que se espera a encontrar
lo que los demás no vemos,
ni entendemos,
en un mundo de silencio obligado
de lágrimas que corren por sus mejillas
curtidas de un tiempo mejor
en el duelo de un silencio
que no comprendemos.
Ella,
que te mira cuando regresas
sin saber que has partido
que levanta su mano temblorosa
y acaricia sin sentido
tu rostro delicado,
que no entiende tus lágrimas abandonadas
cuando la razón te golpea.
Ella,
que no distingue la verdad de la mentira
que solo vive el paso de la vida
entre luces y sombras,
pero que en el fondo atesora
toda una vida de recuerdos,
a los que no sabe llegar
pero que la alientan a respirar
a seguir conspirando con la tristeza
para robarle instantes que no significan nada
pero que sabe que dan vida.
Ella,
sentada como siempre
bañada de la luz que no distingue
su certeza de su duda,
ella,
que se merece la vida entera,
aun apagada en la empatía,
quizá esta vez si sonría
cuando la regales un cuento
que la acune en su soledad impuesta,
y te mire,
y en el fondo veas brillar
todo lo que sigue siendo
un mundo mágico sin fronteras,
la que te dio la fuerza para seguir
sentándote junto a ella,
a contemplar callada
como vive su vida,
como acaricia el legado
del tiempo que se evapora
entre sus manos cansadas...
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