jueves, 1 de noviembre de 2012

Maldigo...

En los brazos de la fiebre
en el alma rota de la histeria
de la misma locura bautizada
los estragos de la vida se confunden
con la muerte de la paz,
ya no hay que celebrar,
como sudan las manos
del corrupto inquisidor
que arrasa endemoniado
los campos de cultivo
apostado en la vereda
de la sangre seca y maldecida
de los hijos de la tierra
rota del propio dolor
envenenado del ajeno histérico.
¡Vete, huye!
llora tu desgracia de no ser
maldice el parto que te dio la luz
negra del desconsuelo
entre esparto y muelles rotos
cuánto de insufrible es el aliento
que ahoga las ideas apretando con el puño
áspero del vientre vacío de la unión.
Cómo esperas que la suerte
aparezca en tu rellano
de tumbas abiertas y áridas
cegado de la ignorancia...
Estás enfermo de ti mismo
y ellos no tienen cura
no apuestan por tentar
a la mismísima trinidad del espejo retorcido
donde plagian sus rostros
de sonrisas falsas y llantos de barro.
Busca la manera de asestar
al yugo que te aprieta
un mandoble de decisión
antes de partir en naves carcomidas
de la plaga de los ricos
a buscar falsos paraisos donde solo importe
reñir con la esencia muerta
de la propia humanidad
y encontrar en la infame vela
que se apaga en el silencio
el resquicio del aire muerto
de no compartir con nadie
el deseo de no estar.

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